ISSN: 2542-3134 | Depósito legal: DC2017000086
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Fotografía: Cortesía de Beatriz Bilbao

Concierto de Clara Rodríguez: “Recital de Piano Homenaje a Antonio Estévez”. Sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño

Compositora venezolana. Realizó estudios musicales en Venezuela, donde obtuvo el Diplomado en Dirección Coral bajo la tutela de Alberto Grau y Modesta Bor, egresando de la Primera Promoción de Directores Corales, en 1976. En la República Socialista de Rumanía, en el Conservatorio “George Dhima” cursó estudios de especialización en dirección orquestal y piano con el Maestro Emil Simon y la Maestra Graziella Georgia, respectivamente (1977-78). Posteriormente ingresa en la Universidad de Indiana, EE.UU., donde obtuvo la Licenciatura en Composición (1982). En el New England Conservatory de Boston, Mass., realizó estudios de especialización en dirección orquestal y música electrónica, 1981.

Con la participación de:

 

Miguel Delgado Estévez: narrador y guitarrista.

Federico Ruiz: compositor, acordeonista y copista de la Cantata Criolla.

Eduardo Ramírez: cuatrista.

 

Cuando la música es un acto de amor

En una mañana azul y plena de ganas de esparcimiento, un nutrido grupo de personas asistimos al concierto de la pianista venezolana, Clara Rodríguez, quien cada año viene a tocar y presentar sus novedades en esta Tierra de Gracia, donde se le recibe siempre con atención y mucho corazón.

Clara reside en Londres desde hace varias décadas. Allí ha desarrollado una brillante carrera musical, tanto como pianista como docente. Su interés en la música venezolana ha sido una constante en su búsqueda investigativa, la cual la ha llevado a difundir obras del presente y del pasado y a publicar trabajos de destacados compositores nacionales como Antonio Estévez, Federico Ruiz y Miguel Astor, entre otros, cuyas piezas para piano se estudian “hasta en la China”, tal y como declaró el maestro Miguel Delgado Estévez en su amena charla.

Esta vez, Rodríguez presentó una panorámica del repertorio americano en la cual recreó los sonidos de Argentina, Brasil, Cuba, Estados Unidos y Venezuela, imperando el buen gusto en la selección.

Sentí regocijo y legítima fraternidad al encontrarme entre tanta gente expectante y conmovida en la sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño, donde no cabía ni un alma más. Creo que todos compartimos la impronta: esta Venezuela de hoy, que atraviesa un trance tan difícil, se une a través del trascendental e implacable poder musical que nos convierte en un gran tutti: un público feliz, rendido ante el temple de los sonidos de un mágico piano; de los animados comentarios de un narrador –instruido poeta y biólogo–; de las notas del acordeón, cuya voz electrizante clama desde un oscuro y abrillantado rincón de América, y de un cuatro tan ágil que no posee velocidad metronómica.

Clara Rodríguez llenó de luz y sentimiento la sala de conciertos. Con diáfana aura colorida cantó con elementos múltiples. Así, sentimos el quejío de ese piano reluciente en las evocaciones a Aldemaro Romero, a través del resplandor de Juan Carlos Núñez y del “Negro José”, alegre recuerdo de los tiempos de la Onda Nueva. Acá la rítmica y la armonía propiciaron –como siempre– estados de euforia y prodigio. ¡Viva Aldemaro… qué swing!

Durante la audición de Retrato solemnísimo de Aldemaro Romero, obra de Núñez que abrió el espectáculo con limpieza y ensoñación, me dije: “Quisiera más Núñez, recreado a través de la historia de Quinta Anauco”. No obstante, se comprende: es un retrato.

También se estrenó una obra pianística de Adrián Suárez dedicada a su pequeño hijo de tres años. Se evidencian en ella tradición y delicadas sonoridades que parecían descubrir algo nuevo en cada frase. Por cierto, muy emotivo el momento en que el compositor se acercó al escenario con su hijo, protagonista de la obra, para agradecer a la ejecutante su interpretación.

El leit motiv del concierto fue homenajear al maestro Antonio Estévez, al celebrarse los cien años de su nacimiento. No obstante, la ocasión también festejó el amor, el espíritu y la fortaleza, al tiempo que sirvió de marco para celebrar a otros grandes compositores venezolanos.

Cuando medito acerca de la profundidad del pensamiento y obra algunos de ellos: Vicente Emilio Sojo, Pablo y Evencio Castellanos, Estévez, Inocente Carreño, Ángel Sauce, Ruiz; así como de algunas ellas: Modesta Bor, María Luisa Escobar, Estrella de Méscoli, Alba Quintanilla, Isabel Aretz, Mabel Mambretti de Laya… constato la extensa y excelsa siembra sonora e inigualable de Venezuela. Hay mucho aún por descubrir dentro de cada joya escrita por estos seres.

Al escuchar las 17 piezas infantiles de Estévez nos remontamos a un mundo arcaico, sin tiempo ni geografía y así, sin espacio ni hora, descubro a mi país. En Estévez, el piano deja de ser algo físico: sus graves son cuevas; sus escenas son trances.

Tal y como se anunció, la familia del maestro estuvo presente en pleno. En primer lugar, su hermana, “la Nena” Elia Estévez, a quien recuerdo como una profesora de música elegante y excepcional. Coincidimos muchas veces en reuniones de docentes del Área de Música, durante los tiempos del Ministerio de Educación, alrededor de los años 70. Destacaba como una dama de humor genial y arraigada vocación. Sus dos hijos: Raúl y Miguel, acompañados siempre en familia; la misma que resuena en coros, guitarras, cuatros, chelos y creación.

De la nueva generación destacan Raúl Aquiles, violonchelista y director de orquesta, y Gabriel, a quien audicioné en la Universidad de las Artes (Unearte), para optar a la mención Composición. Ambos jóvenes integraron el Ensamble de Música Contemporánea de Unearte, que había fundado en 2007. El talento es notorio, florece y clama.

Durante la tercera parte del concierto se conformó un cuarteto donde participaron los maestros Miguel Delgado Estévez, como guitarrista y radiante conversador; Federico Ruiz, en el acordeón (presentando dos de sus composiciones y ampliando información de gran interés para el gremio) y Eduardo Ramírez, cuatrista. Este último intérprete se ha destacado en el quehacer de varias orquestas típicas del país.

Especial atención mereció el recuento de Ruiz acerca de las afortunadas impresiones del Instituto Vicente Emilio Sojo, de hace tantos años. Como jefe de Edición de dieciséis copistas de alta formación y experiencia, él contribuyó a la publicación de las magistrales obras Cantata criolla, Margariteña y Túpac Amaru de Estévez, Carreño y Alfredo del Mónaco, respectivamente. A cargo de la dirección del Instituto Vicente Emilio Sojo, para la época, estuvo el maestro José Vicente Torres, quien falleciera recientemente.

Cada concierto estructura su propia historia y este será memorable. En conversación con el maestro Ruiz, entrañable amigo, reuní tras el concierto más información diversa y puntual. Por ejemplo, le hice una observación que sería oportuno tomar en cuenta siempre que se amplifique la sala Ribas. Percibí que al acordeón le hizo falta mayor volumen. De cualquier modo, su color y mezcla con cada instrumento ofreció gamas muy bien logradas y matices de gran registro.

Ruiz cuenta que su composición Carmen Rosa fue escrita en 1987, inspirada en el personaje femenino principal de las novelas de Miguel Otero Silva: Casas muertas (1955) y Oficina nº 1 (1961). Produjo este trabajo como música incidental del montaje teatral realizado por el grupo Rajatabla. Clara Rodríguez había asistido en aquella oportunidad a la función de teatro sin saber que Carmen Rosa era de su autoría. Le gustó tanto que le pidió al maestro hacer un arreglo para piano solo. La hermosa producción estaba pautada como encore, pero es tan sublime que la tocaron antes de despedir con Apure en un viaje, de Genaro Prieto. Ruiz también ejecutó su Encuentro de Antonio y Florentino, dedicado a Estévez cuando este partió del mundo físico. Obra profunda, adentrada en la soledad y el misterio de la geografía llanera.

Mañanita pueblerina, del recordado maestro Inocente Carreño, sonó como una gran orquesta de pájaros, desde el alto sitial donde seguramente nos contempló sonriendo, recordando sus tiempos mozos.

Cuando se trabaja así, de forma impersonal, con esmero en lograr la perfección musical para que todo suene como debe ser, atravesando épocas, con plena concentración aguda de mente y cuerpo para generar otro estado de conciencia, otra frecuencia, se llega hasta la cumbre y las lágrimas no se frenan. Así pasó con Alfonsina y el mar, del maestro argentino Ariel Ramírez, la cual trascendió más allá del océano a buscar poemas. “De eso se trata. Mucho llanto, mucho llanto”, dijo Clara Rodríguez al culminar su feliz reencuentro, junto a los notables Delgado Estévez, Ruiz y Ramírez, abrazando la ovación de un público de pie, profundamente agradecido.


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