ISSN: 2542-3134 | Depósito legal: DC2017000086
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Fotografía Cortesía de la Fundación Modesta Bor

Editorial

Cuando la revista especializada en temas históricos españoles, Historia de Iberia Vieja, publicó su número 50 en el año 2009 —ya va por el 139— su director, Bruno Cardeñosa, afirmó: «Cumplimos 50 números. Lo hacemos con discreción, pero sin dejar de presumir, porque en los tiempos que corren las cosas son tan difíciles que no está de sobra sacar el pecho ante una pequeña/gran conquista». Así de exultantes nos sentimos en el seno del equipo editorial de la Revista Musical de Venezuela (RMV), la cual no solo llegó a la respetable cifra del medio centenar, sino que la ha superado con el ejemplar que ahora presentamos a nuestros lectores, el segundo en formato digital en línea.

No ha sido camino enlosado el que nos ha tocado recorrer. Aparte de que los tiempos son difíciles, la tarea de adaptar digitalmente un medio con tanta historia y prestigio acumulado como la RMV comporta enorme responsabilidad. En ese sentido, debemos decir que con el mejor ánimo recibimos las críticas emitidas con el sano propósito de mejorar lo precedente, y esperamos que cada número sea mejor que el anterior, pues se trata de una tarea constante esa de pulir, corregir y enmendar. Elementos que son, por otra parte, una de las grandes ventajas que la plataforma en línea nos permite.

Concretada esa pequeña/gran conquista que significó el número 50, dedicado al centenario del maestro Antonio Estévez (1916-1988), nos complace informar que en el número 51 de la RMV nos avocamos a celebrar la memoria de una venezolana igualmente ilustre al cumplirse, recientemente, noventa años de su nacimiento: la maestra Modesta Bor (1926-1998).

Se trata de una figura musical que, no obstante su indiscutible relieve y universalidad, ha sido poco estudiada en nuestro país, si se le compara con la producción de estudios dedicados a otros compositores de su generación. Ello no implica, contrario a lo que pudiera pensarse, una valoración peyorativa por parte de nuestros críticos y especialistas. Porque siempre se le ha reconocido como una de las discípulas más aventajadas de la cohorte de músicos y compositores que se educó bajo la égida del maestro Vicente Emilio Sojo (1887-1974).

Pero eso —que pareciera ser bastante— no es lo único ni más importante que la acredita. Discípula de un gran maestro, Bor fue, a su vez, maestra de grandes discípulos, entre los que destacan Beatriz Bilbao, Carol Montagutelli, Gilberto Rebolledo, César Alejandro Carrillo y Miguel Astor, entre otros. En gran medida, ese trabajo formativo lo llevó a cabo al frente de la Cátedra de Composición de la Escuela de Música José Lorenzo Llamozas, entre 1973 y 1990, pero no de manera exclusiva, pues siempre impartió clases particulares y, después de culminada su experiencia en dicho conservatorio, ejerció la docencia en la Universidad de Los Andes en Mérida, ciudad a la que se trasladó y en la que vivió sus últimos años de vida.

En paralelo con su actividad docente, la maestra es también recordada por trabajar, desde una perspectiva académica y musicológica los géneros, melodías y ritmos de su Juangriego natal, destacándose en el arreglo para diversos coros de dicho repertorio —especialmente para voces blancas—. La pasión y entrega con la que se dedicó a esta labor de recopilación, arreglo, armonización y adaptación, es lo que quizás haya contribuido, de manera determinante, a que se le considere como exponente destacada de lo que se ha denominado «nacionalismo musical venezolano» o «escuela nacionalista».

Con todo, la maestra Bor, refractaria como siempre fue a las etiquetas, dedicó buena parte de su obra a la exploración de múltiples tendencias compositivas y estilísticas. Por nuestra parte, sabemos de buena tinta que esa búsqueda no se debió exclusivamente a sus estudios en Moscú y a su formación con el maestro Aram Jachaturián (1903-1978). Al margen de las discusiones académicas sobre si deben o no considerarse «atonales» obras como Imitación serial para cuerdas (1974), Manchas sonoras (1975), Siete sarcasmos para piano (1978-80), Prisma sonoro (1980-81), Concierto para piano y orquesta (1982-83), Acuarelas (1986), etc.; la propia maestra concibió el emprendimiento de algunas de esas piezas como ejercicios demostrativos de que no solo era capaz de asumir derroteros distintos al encasillamiento que algunos quisieron endilgarle (no sin cierto desdén, en el que prevalecían discriminaciones políticas y de género), sino que además podía hacerlo con completo dominio, naturalidad y maestría. De hecho, Modesta brilla como estrella de primera magnitud en los campos de la composición, la musicología y la docencia; pero también como MUJER, con toda su grandeza y majestad, en un momento histórico que privilegiaba lo masculino, muchas veces, por encima de los talentos. Como dijo hace casi cinco siglos el hijo del organista español Antonio de Cabezón, haciéndose eco de un viejo mal, al editar y publicar las obras de su padre en 1578: «…la excelencia de ingenio sola no mueve amor en los que la conoscen, sino admiración e invidia».

Nuestra sección Artículos está compuesta, en esta oportunidad, por tres trabajos elaborados por igual número de investigadores —dos de ellos docentes—, y todos de amplia y destacada trayectoria en el medio musical y musicológico venezolano.

El que encabeza la secuencia lo firma Belén Ojeda, pianista y profesora de la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Unearte). Su tema, relacionado directamente con la protagonista de nuestro Dosier, se esboza a partir de las formulaciones concebidas por el teórico y filólogo soviético Mijaíl Bajtín (1895-1975), sobre «dialoguismo, polifonía y discurso ajeno»; y el denominado «discurso genealógico» del antropólogo Joan Bestard Camps (1947). El planteamiento central es que dichas enunciaciones filosóficas pueden verificarse en la obra de Modesta Bor; en concreto —aunque no exclusivamente—, en su Primer ciclo de romanzas (1961). Dicho acercamiento invita a un replanteamiento y profundización de muchos de los materiales literarios, artísticos y vivenciales que sirven de «inspiración» a los compositores; en especial aquellos ajenos o aparentemente extraños al material sonoro, y representa en sí mismo un esfuerzo novedoso que, esperamos, sea continuado por su autora en trabajos futuros de mayor aliento.

El texto del profesor Ignacio Barreto, por su parte, toca un tema apasionante, todavía tan lleno de misterio como su objeto mismo: nuestro Himno Nacional. Extraña y quizás irrepetible paradoja en donde la canción que identifica a un país, además de hundir sus raíces en el cancionero infantil de tiempos coloniales tenga, todavía, tantos aspectos por dilucidar sobre sus orígenes y autoría. El profesor Barreto aporta con lucidez pedagógica varios documentos, algunos de ellos hasta ahora desconocidos —salvo para especialistas— que arrojan nueva luz sobre la música fundacional de la república. Es así como no disimulamos el entusiasmo que nos ha despertado este avance, pues nuestro propio devenir investigativo permite afirmar la relación que existe entre los antiguos torneos barrocos, desde el punto de vista rítmico y armónico, con la canción de cuna «Duérmete mi niño» que, como se sabe, es la materia prima en la que se inspiraron los creadores del «Gloria al bravo pueblo». Aspecto pendiente, todavía por desarrollar y que sin duda tendrá en este artículo del profesor Barreto una de sus fuentes primarias.

El trabajo escrito por el colega Vince de Benedittis, titulado «Arqueo de la actividad musical reseñada en la Gaceta Municipal del Distrito Federal (1903-1935)» es un valioso aporte que da continuidad a una línea investigativa iniciada por su autor hace casi dos décadas, consistente en el acopio crítico y pormenorizado de fuentes bibliohemerográficas, con una temática bien definida: la música. En efecto, hablamos de un procedimiento que la ciencia estadística denomina «filtrar» pero que, en el caso de Benedittis, implica el exclusivo auxilio del antiguo método analógico de revisar manualmente, una a una, las fuentes documentales, para luego transcribir toda noticia relacionada con el objeto de investigación. Titánica labor, heredera de la iniciativa de la maestra Mariantonia Palacios, con sus Noticias musicales en los cronistas de la Venezuela de los siglos XVI-XVIII (2000); luego continuada por su tutorado —el que escribe el artículo que comentamos—, bajo el título Presencia de la música en los relatos de viajeros del siglo XIX (2002) y, finalmente, concluido con el trabajo de Carlos Luis Álvarez, Presencia de la música en los relatos sobre Venezuela de los viajeros de la primera mitad del siglo XX (2002).

La magnitud de este esfuerzo aún no ha sido suficientemente ponderada y, menos, justamente reconocida en sus alcances y tiempo invertido para su ejecución. La cual no dudamos en calificar, sin ambages, de épica. ¿Por cuál motivo? Pues porque sus resultados constituyen herramientas de altísimo valor para los investigadores futuros, quienes gracias al trabajo desempeñado por musicólogos como los antedichos se ahorrarán la meticulosa tarea de buscar lo que otros, antes que ellos, han encontrado.

El Dosier lo compone algo que, a nuestro juicio, no puede ser calificado sino como un «regalo de la vida», y así se lo expresamos al resto del equipo editorial. Se trata del ensayo «Modesta Bor y Beatriz Bilbao: Biografías en contrapunto». En este su autora, la pianista y psicóloga Geraldine Henríquez Bilbao, elabora –a partir de entrevistas efectuadas a su madre, la pianista y compositora Beatriz Bilbao; de testimonios recabados de la hija de Modesta Bor, Lena Sánchez, cedidos generosamente por ella, y recopilaciones de sus propias vivencias personales con la maestra– sendos cuadros biográficos de dos experiencias vitales que permiten desentrañar aspectos poco conocidos, o escasamente tratados, sobre la biografía de Modesta. El contenido de este trabajo inédito, pese al tiempo y a los lazos musicales y afectivos que nos unen con su autora nos golpeó, literalmente, como el rayo, para parafrasear al poeta Miguel Hernández. Tanto por lo desconocido por muchos de lo que allí se vierte —con fotografías sacadas directamente del archivo familiar— como por la humanidad que desbordan sus líneas. Una radiografía completa de facetas, repetimos, poco conocidas de la maestra y discípula, con metamensaje implícito: el que expone a libro abierto la hermandad que siempre ha unido y unirá a la small comunity de intérpretes y compositores, desde tiempos cuya memoria se pierde en la eternidad.

La sección Reseñas remata el carácter monográfico del número 51 de la RMV con pinceladas magistrales de otra estudiosa de la maestra Bor. Nuevamente, la profesora Belén Ojeda accedió a colaborar con nosotros en la confección de un escrito que resumiera la programación llevada a cabo durante las Semana Modesta Bor en Unearte. Ello sin duda complementa, de manera contextual, lo vertido en el Dosier. Gracias de nuevo, maestra.

Por su parte, la sección Misceláneas, repositorio que los compañeros de la Compañía Nacional de Música elaboran con tesón para recoger las noticias musicales de actualidad, se refleja cabal y concienzudamente, nuevamente, en esta entrega. Por supuesto enfocada, como era lógico en un número de la RMV conmemorativo de los noventa años del natalicio de Modesta Bor, a exaltar su figura y los actos que se han realizado en el marco de dicha efeméride.

 

Oscar Battaglini Suniaga

Coordinador editorial de la Revista Musical de Venezuela

Oscar Battaglini Suniaga


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