ISSN: 2542-3134 | Depósito legal: DC2017000086
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Dosier: Inocente Carreño

Cayetano Carreño
Federico Ruiz
Claudia Delgado Sergent

Entre la sonrisa y la nostalgia

 

El número 52 de la Revista Musical de Venezuela le rinde homenaje al prolijo y destacado compositor venezolano Inocente Carreño (1919-1916), quien falleció el pasado 29 de julio a sus noventa y seis años. En este dosier, en reconocimiento al legado musical del maestro neoespartano, se presentan dos entrevistas que muestran el vaivén de una semblanza que oscila entre la sonrisa de las experiencias compartidas y la inevitable nostalgia del rememorar en medio de un adiós. Ambas están llenas de valoraciones acerca de la cercanía. La primera, realizada a Cayetano Carreño, su hijo mayor, nos revela anécdotas familiares y, la segunda, efectuada al compositor venezolano Federico Ruiz, colega y amigo del maestro Carreño, combina la pasión por la música con los aconteceres de la amistad.

 

 Inocente Carreño: Líder de las emociones, un amor para toda la vida

Entrevista electrónica a Cayetano Carreño, hijo del maestro, 15 de diciembre de 2016

 

¿Cómo recuerda usted su infancia en compañía de su padre?

Los recuerdos de mi infancia influenciados por papá comienzan a mis nueve años.

Él mantenía una dedicación a tiempo completo a su trabajo y a la música, pero como buen músico y artista también le gustaban las reuniones con compañeros, amigos y vecinos. Imposible encontrar una palabra de él que describiera rechazo hacia una persona. Era muy optimista y alegre siempre, disfrutaba de las parrillas, los sancochos, el juego de bolas criollas, el infalible dominó y los desayunos al amanecer después de una noche de concierto y una madrugada de cantos; con frecuencia compartíamos con amigos que llegaron a ser parte de la familia. Las reuniones siempre terminaban cantando bajo las cuerdas de la guitarra o las teclas del piano, era magnífico, todos en la casa estábamos integrados de alguna manera.

Por esa época vivíamos en las afueras de Caracas, en una urbanización de montaña, llena  de gente buena y unida, allí conformó un grupo de niños para cantar aguinaldos y hasta una presentación en la Televisora Nacional[1]Televisora Nacional (TVN), canal de televisión estatal venezolano con transmisiones desde 1952 hasta 1991. realizamos.

Así aprendimos el valor de la amistad, la alegría de una vida compartida en nuestra casa, en familia, en medio del entorno de su trabajo y nuestros vecinos. Esto se mantuvo hasta su partida. Era un líder de las emociones, ¡a todos nos sacaba una sonrisa, un gesto de admiración y hasta lágrimas!

Hoy día agradezco estos valores sencillos, pero profundos, que le dan sentido a las relaciones humanas y aportan mucha felicidad.

 

¿Inocente Carreño fue un padre amoroso?

El amor de papá en la familia no es el amor que todos conocemos como tal, con expresiones de cariño y gestos agradables y tiernos. Él tenía muy clara su visión docente, que aprendió de su abuela, quien le enseñó a ser honesto, sincero y tenaz, bajo una tutela férrea y una crítica constructiva. El amor de papá por su familia consistió en mantenernos siempre unidos («A la familia con razón y sin razón», decía), su casa era su templo, su mujer su compañera y sus hijos su futuro. Ya llegaría el momento para darles amor del bueno junto a los nietos y bisnietos, que llegó a tener hasta cinco. A las hembras, hijas y nietas les compuso valses; a los varones les dedicaba décimas en cada cumpleaños, así era su amor, ¡para toda la vida!

 

¿Fue un padre exigente?

Papá tomaba su vida en serio, quería dar mucho, para eso se preparaba permanentemente. Hacía ejercicios todos los días al amanecer, estudiaba cada día, dedicaba tiempo diario a componer sus obras, aprendió inglés y francés estudiando en su casa por el método de discos y casetes, leía mucho todo tipo de libros y la prensa. Tenía mucha información que expresó profesionalmente en su música, en cargos relativos a su entorno, en la política como demócrata y en su hogar como guía responsable. Era muy exigente, con él mismo, con nosotros para que fuéramos gente de bien y alcanzáramos logros mediante el trabajo honesto y creativo, y con sus discípulos que deseaban seguir un camino de aprendizaje con pasión en la música.

 

¿Qué anécdota divertida recuerda con él?

Carreño, como le dice mamá, es en sí una anécdota, al recordarlo se dibuja una sonrisa en mis labios, era muy ocurrente y buscaba lo gracioso de cualquier situación. En el almuerzo, sitio habitual de reunión en familia, ya en los últimos años un oído le comenzó a fallar y muchas veces no oía las pláticas (la música sí la escuchaba perfecto), fijaba sus ojos en alguno de nosotros y, de pronto, interrumpía para contarnos un chiste que nada tenía que ver con la conversación. Todos nos mirábamos y estallábamos en risa, él lo disfrutaba mucho… ¡Dios lo bendiga! Eras genial papá.

Una anécdota curiosa es la relativa a mi nombre. Cuando le pregunté por qué siendo el primer hijo no me había puesto el suyo, me respondió jocosamente: «Ya intuía que no serías músico». Así que buscando en la historia se propuso unir a dos hermanos naturales en la misma sangre: Cayetano Carreño Rodríguez, compositor de importantes piezas musicales de carácter religioso y autor de la música de la primera canción patriótica, escrita por Andrés Bello, titulada Caraqueños, quien, abandonado por sus padres, fue criado por Manuela de Silva y Rosalía Rodríguez. El padre Alejandro Carreño, quien lo protegió de niño, le otorgó su apellido. Y Simón Narciso de Jesús Carreño Rodríguez, conocido en su exilio de la América española como Samuel Robinsón, educador, escritor, ensayista y filósofo venezolano. Tutor y mentor del Libertador Simón Bolívar y un visionario defensor de la educación pública. La tradición ha dado por cierto que Simón Rodríguez y Cayetano Carreño eran hijos naturales del sacerdote Alejandro Carreño y Rosalía Rodríguez. Ellos vivieron juntos y eran conocidos en Caracas como los hermanos Carreño. Entonces papá me dio mi primer nombre, Cayetano, por el músico y, el segundo nombre, Simón, por el maestro, quienes con nuestro apellido Carreño se convertirían en una indivisible hermandad que llevo sobre mis hombros con orgullo.

 

¿Cuál considera usted que fue la mayor enseñanza que le dio su padre?

La mayor enseñanza que me dio mi padre fue la de trabajar y perseverar en lo que se quiere, lo que se ama y se sueña; ser constante y honesto consigo mismo, amar, creer y crecer en familia, y por sobre todas las cosas, ser humilde como ser humano.

 

¿Algún recuerdo que usted considere significativo para su vida relacionado con la música y su padre?

La pasión por la música, definitivamente. Aunque no soy músico, tuve la fortuna de estudiar teoría y solfeo, piano, trompeta, corno inglés. Escuché mucha música en casa, en los ensayos de la Orquesta Sinfónica de Venezuela, en los conciertos que él dirigía; esas experiencias han marcado mi tendencia a saber percibir la música y sentirla, a tener la sensibilidad para llorar de emoción cuando oigo una obra o la interpretación de un solista, a disfrutar la música popular venezolana. Doy gracias porque papá supo involucrarnos en su estilo de vida y dejarnos un poco de cómo él la escribía y sentía.

 

¿Cuáles cree usted que fueron los motivos más fuertes para que Inocente Carreño se dedicara a la música?

Es una pregunta difícil, porque él nunca me hizo ese comentario; sin embargo, me atrevo a decir que influyeron las canciones y cánticos de su abuela Güicha, de su tío Nicolás y, fundamentalmente, esa característica de papá de percibir la música en el sonido de la brisa frente al mar, escuchando el susurro del agua al retirarse de la orilla o a la banda de la isla cuando tocaba, en la plaza primero y luego como participante principiante. Esas emociones marcaron su vida y nunca lo abandonaron.

 

En el ámbito familiar, ¿cómo se refería el maestro al estreno de alguna de sus obras, al recibir un homenaje o al escuchar en vivo alguna de sus composiciones?

Escuchar sus composiciones era un anhelo constante de papá, las disfrutaba a plenitud, entregaba copia de sus partituras, que escribía de su propia mano, a las orquestas, cantantes, grupos musicales, coros, orfeones y solistas, y esperaba con especial emoción la interpretación. Él mismo era su crítico más fuerte, corregía y mejoraba algunos aspectos que permitieran una ejecución ajustada a su creación y así se sentía satisfecho para una nueva audición.

Los homenajes eran su oportunidad para comentar sus proyectos, nuevas composiciones y solicitar le fueran publicadas para posteriores interpretaciones, las cuales siempre eran motivo para un brindis en familia.

 

Respecto a las composiciones del maestro Carreño: Aquí está la canción (1976), Te debía una canción Margarita (1976) y Olga María quinceañera (vals, 1975) o alguna otra que considere pertinente, ¿recuerda alguna anécdota que nos pueda contar?

Como dije antes, hablar de papá es fácil porque él en sí era una anécdota, todas las cosas que hacía tenían una historia por contar; cada canción, composición o décima dibujaban el panorama que vivía en ese momento.

De su canción Mañanita pueblerina, que todos aluden a sus primeros años en la isla de Margarita, siempre me comentaba que en ella se decía no lo que él veía en la isla sino lo que soñaba de ella. Le molestaba que en las interpretaciones algunas veces le cambiaran la letra, dicen: «Linda mañanita de mi pueblo, / olorosa a flor y leche fresca», cuando es: «Linda mañanita de mi pueblo, / olorosa a sol y leche fresca», porque en su niñez buscaba la leche muy temprano para el desayuno de la familia y su olor se mezclaba con el de la arena al ser calentada por el sol de la isla. Allí no había flores, era «la reseca tierra neoespartana de aquel Porlamar despoblado de comienzos de siglo», como bien escribiera su amigo Gustavo Arnstein en el prólogo del libro Mi infancia en Margarita.

 

Mañanita pueblerina

Linda mañanita de mi pueblo
Olorosa a sol y a leche fresca
Deja que tu brisa me acaricie
Haz que tu alegría llegue a mi alma.

 

Blanca como el rostro de la que era
La ilusión más grande de mi vida
Mañanita por eso te canto
Porque me recuerdas a mi amada.

 

Quiero que seas siempre para mí, la sola compañera
La única que sepa el gran sufrir y el dolor que me aqueja
Quiero que lleves a mi corazón, la dicha y el sosiego
Mañanita olorosa a leche y sol, sé buena por favor.

 

Secretos de la noche o La noche y sus secretos, una relación de cariño y musicalidad con Inocente Carreño

Entrevista al maestro Federico Ruiz, realizada por Claudia Delgado Sergent, 15 de diciembre de 2016

 

Claudia Delgado. ¿Cuándo y cómo conoció al maestro Inocente Carreño?

Federico Ruiz. Hasta donde mi memoria alcanza, porque eso fue hace mucho tiempo, creo que no había empezado a estudiar bachillerato, aunque ya había salido de sexto grado. Lo vi por primera vez en el auditorio del Instituto Pedagógico de Caracas, en El Paraíso, que era donde se efectuaban los actos del liceo Aplicación, que se llamaba así porque los estudiantes del Pedagógico aplicaban sus conocimientos allí y hacían unas pasantías para graduarse de profesores. Entonces, volviendo a lo de los actos, el liceo no tenía auditorio, sino que se utilizaba el del Pedagógico.

El nombre de Inocente Carreño se escuchaba mucho en mi casa, como el de Aldemaro Romero, porque mi papá era hombre de radio y los conocía. Creo que un día había un acto y mi hermana mayor, que estudiaba en el liceo, me invitó. Algo así fue. Él dirigía el orfeón del liceo, allí fue la primera vez que lo vi, dirigiendo.

 

¿Cómo recuerda usted su primera impresión el día en que lo conoció?

¡Me cayó muy bien! Me pareció una persona muy agradable. Me llamaron la atención unas cuantas cosas de él: una era su locuacidad, siempre fue muy gracioso; la otra es que tenía el cabello largo, largo para la época, porque eso fue antes de los Beatles, antes de la moda de pelo largo. Era como una costumbre de algunos poetas y directores de orquesta usar el pelo largo, no sé si era heredado del siglo XIX. Lo cierto es que el maestro tenía el pelo así, no es que cargaba una melena, pero sí lo tenía un poquito más largo de lo usual y eso en particular llamó mi atención. Eso y su buen humor, su manera de presentar las canciones.

Después, con el tiempo, estudié el bachillerato en el liceo Aplicación. Nunca formé parte del orfeón, pero en el año 1962, debe haber sido en diciembre, tendría el maestro alrededor de cuarenta y dos años, tenía el pelo oscuro, estaba montando aguinaldos y necesitaban a alguien que acompañara con el cuatro. Como yo tocaba un poco ese instrumento me ofrecí y estuvimos compartiendo ahí. Hicimos un concierto de aguinaldos en Valencia. A partir de ese momento se sucedieron varios encuentros ya en las escuelas de música, ya en entornos, digamos, más encaminados a lo que sería mi futura carrera profesional.

Una cosa muy curiosa: el maestro Carreño estuvo ligado tanto a mi papá, como a mi mamá, como a mí, por tres vías completamente distintas. Con mi mamá porque eran vecinos, él vivía por aquí cerca, en Pajuita; entonces, él iba a clase en la escuela de música y mi mamá también iba a clase. Caminaban juntos un trecho que era una vía común. Ese vínculo lo tuvo mi mamá tanto con el maestro Carreño como con Teo Capriles, que la acompañaba a veces en la bicicleta. Con mi papá por la radio y conmigo principalmente por la música.

 

¿Su relación con el maestro Carreño fue más de tutelaje o más de amistad?

No, absolutamente de amistad. Lo que pasa es que con una figura de esas dimensiones uno aprende tanto… El maestro Carreño nunca me dio clases, sin embargo, aprendí muchísimo con él, porque uno conversa con alguien así y uno aprende cosas. Realmente no hubo tutelaje, pero sí fuimos bastante amigos a lo largo de mucho tiempo. Imagínate, desde que yo era un adolescente.

 

¿Cuáles son las obras escritas por el maestro Carreño que más le han cautivado?

Bueno, hay varias. Una de ellas es la Sinfonieta satírica. Es una obra creo que del año 1965. Es una pieza muy disonante y a la vez muy melódica, está muy pero muy bien hecha. ¡Es sorprendente! Uno oye esa obra sin saber que es de él y uno dice: «Esto es de un compositor universal». Yo hice la prueba alguna vez, poniéndoles la grabación a algunas personas que no conocían la obra y se sorprendían al enterarse que el autor era Inocente Carreño. Esa es una de las obras. No nombro a la Margariteña porque prácticamente se da por hecho, pero así como él no consideraba a la Margariteña su mejor obra como composición, como ciencia musical, yo tampoco la considero. Pero, amo esa obra, como muchos otros. Es más, la única edición, creo, que existe de la obra la dirigí yo cuando trabajaba y era el jefe del taller editorial del desaparecido Instituto Latinoamericano de Investigaciones y Estudios Musicales Vicente Emilio Sojo, que después fue Fundación Sojo y que ahora lo absorbió la Compañía Nacional de Música.

También están las oberturas, la número dos, en particular, creo que es muy impresionante. Esa es una faceta de Carreño que se acerca más a lo que es su interioridad como compositor. No es que la Margariteña no se acerque o no lo sea, sino que en una obra como esa obertura se aparta del «nacionalismo». Él está catalogado, un poquito por cliché y no sin razón, como un «compositor nacionalista». Sin embargo, en algunas de sus obras, tanto en unas de cámara como en otras obras sinfónicas más ambiciosas, se aparta claramente del «nacionalismo», es otra cosa completamente distinta. Eso, quizá, hace que la Obertura n° 2[2]Obertura sinfónica n° 2, 1961.  sea una obra de audición un poco más especializada, pero, al mismo tiempo, lo coloca en una dimensión, por decirlo de alguna manera, «universal» como compositor. Esas oberturas estaban entre sus obras favoritas.

También hay unas composiciones de cámara donde igualmente se aleja del nacionalismo, son obras muy disonantes que quien no sepa que esas obras son de Carreño, se sorprende, porque dice: «Bueno, esto es de un compositor absolutamente contemporáneo», de una impresionante actualidad. Recuerdo que cuando yo estudiaba composición con el maestro Yannis Ioannidis en una oportunidad se tocó una de esas obras, creo que era una de las oberturas, y la semana siguiente del concierto, en una clase el maestro Ioannidis comentó la sorprendente actualidad de esa obra. Nosotros, los que estábamos con Ioannidis, estudiábamos Técnicas de la Música Contemporánea, entonces el maestro nos llamó la atención con respecto a que a pesar de ser una composición que no tenía pretensiones de ubicarse dentro de ninguna tendencia de vanguardia, era una obra asombrosamente actual y, más sorprendente, viniendo de alguien que se solía ubicar dentro de la corriente nacionalista.

También hay otra obra: es una ópera que él escribió y que se estrenó en forma de concierto creo que en el año 2014. Está basada en el cuento «De cómo Panchito Mandefuá cenó con el niño Jesús», de José Rafael Pocaterra. Esa obra la escribió Carreño en 1995 y se estrenó solamente con la música, es decir, sin escena, en 2014. Es muy bella, con una instrumentación absolutamente sublime, es una pieza que hay que montar y muchas veces porque es una gran obra[3]El maestro Ruiz hace referencia a El convidado del niño Jesús, ópera en un acto escrita por Inocente Carreño en 1995, estrenada el 14 de noviembre de 2014, en el Centro de Acción Social por la Música, con la participación de la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño, la Coral Juvenil Simón Bolívar y Alfredo Rugeles como director..

El maestro Carreño es una figura que está todavía por descubrir. La Margariteña es, como dicen, solo la punta del iceberg. La mayor parte de su obra es, efectivamente, nacionalista, pero yo recomiendo muchísimo esa otra faceta de Carreño. No tengo nada en contra del nacionalismo, de hecho, yo mismo soy un poco nacionalista, quizá un poco más con tendencias hacia lo latinoamericano en general, pero me atraen mucho los altos niveles de abstracción que él particularmente logró en algunas de sus composiciones. Es altamente recomendable esa otra faceta en la que se distancia del «nacionalismo». Yo creo que ese es el gran Inocente Carreño.

 

¿Existe alguna técnica o estrategia compositiva –que usted aplique– que haya aprendido con Inocente Carreño?

No. Nosotros fuimos bastante amigos, pero la obra de él y la mía no eran necesariamente afines, salvo aquellas cosas donde hay elementos nacionalistas. Se puede decir que es algo que tenemos en común, pero no puedo afirmar que haya una influencia determinante. La hay más, quizá, de Modesta Bor, que también fuimos muy amigos. Pero somos como personalidades que corrían en un mismo río pero de forma paralela, una al lado de la otra. Intercambiamos mucho en otras ámbitos, más que en el lenguaje musical.

 

Del maestro Carreño, ¿cuáles fueron sus elementos de inspiración, cercanías e influencias dentro de su obra compositiva?

Como mencioné, él era básicamente un compositor nacionalista. Tenía algunos compositores favoritos que no recuerdo en este momento [risas]. Había varios que alguna vez me llegó a mencionar, pero no estoy seguro, creo que más que compositores en particular, a él lo atraían la buena música y las buenas orquestaciones. Él era un gran orquestador.

Te cuento un dato: cuando yo pedí, o más bien sugerí, en el Instituto Sojo, que editáramos la Margariteña, nunca había visto la partitura. La había oído muchas veces, incluso recuerdo que estudiando en el liceo Aplicación pasaron un documental en el que la música de fondo era justamente la Margariteña. A mí me sorprendió que aquella orquesta se oyera tan llena y cuando vi la partitura que tenía poquitos elementos, era muy transparente, relativamente simple, pensé: «¡Guao! ¿Cómo algo tan simple puede sonar tan lleno?». Bueno, allí es donde radica justamente su habilidad.

 

¿Qué opinión tiene usted en torno a la visión de la música que tuvo Inocente Carreño?

Hay algo muy particular: Él era el tipo de compositor que escribe música todos los días, que es fiel a aquello que su corazón le dice, que no le importa o le importa poco lo que otros puedan decir o criticar. Él estaba en una línea y ¡esa era su línea! Yo creo que él fue todo el tiempo fiel a ella y a sí mismo.

Por cierto, recuerdo una vez en el Aula Magna de la Universidad Central, una de las muchísimas veces que nos encontramos, siempre me preguntaba si estaba escribiendo, entonces le conté lo que en ese momento estaba haciendo y me dijo: «Trata de escribir un poquito cada día», y agregó otra frase que no es muy impresionante en sí, porque lo verdaderamente impactante fue la convicción con que la dijo: «Trata de escribir un poquito cada día, ¡tú no sabes lo que rinde eso!». ¡Esas palabras me llegaron al corazón de una manera rotunda! Porque no es tanto lo que dijo, sino toda la carga que llevaba esa frase. En ese sentido, sí te podría decir que fue mi maestro. Esa recomendación me estremeció de tal manera que yo eso lo cumplí y pude comprobar que estaba absolutamente en lo cierto: ¡Hay que ver lo que rinde!

Yo doy la sensación de ser un compositor muy rápido. Y no, soy bastante lento para escribir, lo que pasa es que tengo constancia, entonces si escribo diez segundos de música (que es mucho) por día, puedo tener un minuto de música en seis días y en sesenta días puedo tener una obra de… habría que ponerse a sacar la cuenta… ¿nueve minutos? Entonces, pareciera que escribo muy rápido, pero es más un asunto de constancia que de velocidad.

Como ya comenté, me considero muy lento para escribir y eso que con el entrenamiento uno va adquiriendo un poquito más de velocidad. Pero, por ejemplo, tardé casi dos años en escribir El Santiguao (esa obra que tanto cantan los coros) porque no encontraba los… bueno, porque [risas] supe esperar hasta encontrar lo que yo aspiraba, porque no quería que me sonara a Bach o a Haendel, con todo respeto, estaba buscando otra cosa y no la encontraba… ¡Total que tardé pero lo hice!

 

¿Cuál considera que fue el legado que dejó, en usted, el maestro Carreño?

Creo que, básicamente, lo que te acabo de decir: esa frase fue una instrucción impresionantemente efectiva en mi carrera. No es que yo no lo hubiera practicado antes, sino que él me trasmitió esa sugerencia con tanta convicción que eso se terminó de grabar en mí con un sello asombroso. Era algo que ya yo tenía, pero gracias a las palabras del maestro Carreño se terminó de fijar de forma determinante.

También dejó en mí ese amor por lo propio y, a la vez, esa posibilidad de trascender lo local o, mejor dicho, a través de lo local conseguir lo universal. En el caso del maestro Carreño no sé si lo consiguió en todas sus obras, pero en algunas indiscutiblemente que lo logró.

Hay, por ejemplo, en esa canción tan simple, Mañanitas pueblerinas, una característica principal (además de tener una melodía bella) que es la absoluta falta de pretensión, pero esa absoluta falta de pretensión se convierte en su mayor virtud. Es una canción que no pretende nada pero en donde uno la toca o la canta el público, o por lo menos el público de aquí, queda fascinado. Es algo misterioso, porque no es la Obertura n° 2, que es una obra grandiosa y tremenda en donde hay un gran gasto de neuronas, sino que está absolutamente en las antípodas, en el otro extremo, es esa posibilidad de abordar lo más grande y al mismo tiempo lo más simple. Eso es muy importante y es parte del legado que su obra debió dejar en mí, porque creo que soy bastante versátil y he escrito cosas grandes y otras un poco más pequeñas… creo que por ahí pudiera estar esa conexión.

 

Cuéntenos alguna o algunas anécdotas con el maestro Carreño que considere apreciables.

Te voy a contar una que es sensacional [risas]. Pocas personas la conocen.

Yo estaba una vez de visita en su casa y estábamos oyendo música. En un momento dado él puso varias grabaciones, una era de Aldemaro Romero, a quien, por cierto, él estimaba mucho. Otra de las grabaciones que colocó fue la de un Concierto para corno y orquesta, escrito por él, y me dice: «Fíjate bien en este pedacito que viene ahora», y suena un fragmento lindísimo, entonces me hace el siguiente comentario: «A mí ese pedacito me gusta», se queda pensando y, a pesar de que él era muy humorista, enseguida me dice de manera muy seria: «Es raro, porque a mí, por lo general, no me gusta nada de lo que escribo» [risas].

Creo recordar otro momento así, especialísimo. En una oportunidad, Modesta Bor, Inocente Carreño y mi persona, fuimos jurados de un concurso de obras corales patrocinado por Seguros La Previsora (valga la cuña a César Alejandro Carrillo, que fue quien se ganó el premio). Nos reunimos los tres en las oficinas, todo muy serio, hicimos las deliberaciones, dimos nuestro veredicto, creo que, prácticamente, por unanimidad, todo normal. Una vez que terminó toda la parte formal del asunto empieza aquel par de margariteños, Modesta e Inocente, a recordar cosas de su infancia, de su pueblo y anécdotas de músicos… una más graciosa que la otra. ¡Eso fue un contrapunteo de chistes y de anécdotas tan divertido! Pocas veces en mi vida recuerdo haberme reído tanto, porque ¡los dos eran graciosísimos! Y yo, que no conocía las anécdotas, lo que hacía era reírme. Al día siguiente, la zona de los músculos abdominales me dolía como si hubiera hecho una larga sesión de ejercicios.

Hay otras cosas que recuerdo que no son anécdotas sino que son datos, por decirlo así, históricos. La primera vez que se tocó una obra sinfónica mía fue el maestro Carreño quien la dirigió. Eso poca gente lo sabe y muy poca lo recuerda, ni siquiera fue en Venezuela, fue en las Islas Canarias. Había un festival que se llamaba Iberoamérica 78, porque se realizó en el año 1978. Yo viajé con el Quinteto Cantaclaro, que yo dirigía en esa oportunidad, el maestro también estaba invitado a dirigir en el mismo concierto, entonces el profesor Eduardo Lira Espejo (que en paz descanse, y honor a quien honor merece por haber hecho tanto por la música en Venezuela) me ayudó a propiciar que el maestro Carreño pudiera dirigir una obra mía y, efectivamente, así lo hizo, en las Islas Canarias. Era una composición que se llama Pieza para orquesta, escrita en 1977. Es una obra bastante «contemporánea», muy disonante. Pero el maestro no andaba con muchos miramientos, él dirigió aquello con absoluto entusiasmo y propiedad. Guardo un gratísimo recuerdo de eso porque fue la primera vez que se tocó una obra de mi autoría. Yo me gradué en 1974, ¡imagínate!, habían pasado cuatro años sin poder escuchar ninguna música mía en formato sinfónico.

Hay otro dato: la primera vez que una obra mía fue distinguida en un concurso de composición, el jurado correspondiente contó con el maestro Carreño entre sus miembros. Fue en la edición de 1970 del entonces denominado Premio Nacional de Música, que en aquella ocasión se entregó un año después, en 1971. Recibí una mención honorífica del Premio Nacional Caro de Boesi por Sonata para acordeón. Como ves, el maestro Carreño estuvo ligado a mi vida artística de diversas maneras a lo largo de los años.

Y hay otra cosa: en el año 1996, el maestro Carreño cumplió cincuenta años de graduado y llevó a cabo varios conciertos para celebrar ese aniversario. En esa oportunidad le dediqué una obra para orquesta de cuerdas que se llama Secretos de la noche. Esa obra la escribí, en parte, porque sus obras para orquesta de cuerdas siempre me gustaron, me llamaban mucho la atención, y en parte también porque la orquesta de cuerdas no tiene tanto trabajo material como la orquesta sinfónica. Escribí esa obra, se la dediqué y a él le gustó. Hay un pasaje de la composición donde armo una melodía con puros fragmentos de melodías de obras de él, entonces, él después, por iniciativa propia, compuso una obra y me la dedicó (es la única obra que me han dedicado). La composición que escribí para él se llama Secretos de la noche y él la estrenó y la dirigió; luego, la obra que me dedicó él se llamó La noche y sus secretos y, junto con la dedicatoria, me escribió un soneto que está publicado en el libro Anécdotas y otros recuerdos[4]Inocente Carreño, Anécdotas y otros recuerdos. Caracas: Gráficas Lauki, 2011..

¿Cómo dice el soneto?

Ese soneto dice así:

 

A Federico Ruiz, en pago a su estima y bondad

 

Siempre escucho Secretos de la noche

Devotamente, henchido de emoción

Admirando que hayas prendido un broche

De luz de luna a tu composición.

 

Tu música destella en gran derroche

Frescor de brisa, aroma, inspiración

No es la fanfarronada de un fantoche

Es mensaje directo al corazón.

 

La noche y sus secretos, Federico

En pago de tu estima y tu bondad

Deseando que mi pobre y vieja musa

 

No se haya vuelto apática y obtusa

Para que así mi pieza sea en verdad

Digna de ti, querido Federico.

 

[Risas] A mí me han dedicado pocos poemas. ¡Es un honor grandísimo! Así como también es un honor que él, aquí en este libro, diga: «En julio de 1996, con motivo de estar festejando el quincuagésimo aniversario de mi graduación como compositor, mi colega y gran amigo Federico Ruiz dedicó una Fantasía para orquesta de cuerdas», etc. Es un honor para mí que él me identifique primero como su colega y segundo como su gran amigo. Esos son pequeños grandes detalles.

Él aquí coloca también lo que yo le escribí: «Para el maestro Carreño, compartiendo el júbilo de celebrar 50 años de su graduación…». Más adelante él dice: «Al año siguiente, en reciprocidad a su generoso gesto, le dediqué una fantasía también para cuerdas a la que titulé La noche y sus secretos», y después procede a colocar el texto del soneto.

Hubo otros compositores que también le dedicaron obras con motivo de los cincuenta años de su graduación.

Nosotros tuvimos una relación bastante transparente, muy fluida, fue una cosa muy bella. Él tenía edad para ser mi papá. Fíjate que mi papá nació en 1917 y el maestro Carreño en 1919, es decir que no era mucha la diferencia. Mi papá estaría cumpliendo cien años. Fue una relación muy linda. Hubo dos compositores de esa escuela con quien tuve una relación bien particular: Inocente Carreño y Modesta Bor. Con el maestro Antonio Estévez tuve mucha comunicación, porque estuvimos largo tiempo fajados revisando y chequeando nota por nota, signo por signo, la Cantata criolla, pero yo tuve más tiempo de relacionarme con Modesta Bor e Inocente Carreño, por una parte por las posibilidades de la amistad y, por la otra, en el caso de Carreño, porque él vivió bastante más, tuvo una vida más extensa.

Notas al pie   [ + ]

1. Televisora Nacional (TVN), canal de televisión estatal venezolano con transmisiones desde 1952 hasta 1991.
2. Obertura sinfónica n° 2, 1961.
3. El maestro Ruiz hace referencia a El convidado del niño Jesús, ópera en un acto escrita por Inocente Carreño en 1995, estrenada el 14 de noviembre de 2014, en el Centro de Acción Social por la Música, con la participación de la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño, la Coral Juvenil Simón Bolívar y Alfredo Rugeles como director.
4. Inocente Carreño, Anécdotas y otros recuerdos. Caracas: Gráficas Lauki, 2011.

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