ISSN: 2542-3134 | Depósito legal: DC2017000086
Descargar PDF

Fotografía: Cortesía de Oscar Battaglini

Ensayo biográfico: Inocente Carreño. Ser de tiempo y creación, de Alejandro Bruzual. Caracas: Edición privada, 2014

Licenciado en Historia y MSc. en Musicología Latinoamericana, egresado de la Universidad Central de Venezuela (2002, 2010). Intérprete de laúd renacentista y cuatro solista. Entre los premios y distinciones con que ha sido galardonado, se encuentran el Premio Municipal de Música, Mención Investigación Musi-cal (2012) y Mención Honrosa en el Concurso Samuel Claro Valdés, que organiza la Pontificia Universidad Católica de Chile (2014), por su trabajo sobre la continuidad y evolución del cuatro venezolano desde tiempos coloniales. Actualmente, se desempeña como Coordinador Editorial de la Revista Musical de Venezuela.

Los trabajos son diálogos desconocidos hasta que lo sabemos vivos en otros.

Alejandro Bruzual

El autor al que nos referimos en el título [1]Disponible en las librerías El Buscón, Lugar Común y Tecniciencias, entre otras. y epígrafe de esta reseña está firmemente posicionado en el panorama musicológico venezolano. Guitarrista de formación académica, creador y editor de los veintiún volúmenes de obras agrupadas en la Colección de compositores venezolanos para guitarra (Fundación Vicente Emilio Sojo), quizá su faceta más conocida –y reconocida– sea la de escritor, especialmente debido a las investigaciones sobre Antonio Lauro (1917-1986), Raúl Borges (1882-1967), Alirio Díaz (1923-1916), Manuel Enrique Pérez Díaz (1911-1984), Rodrigo Riera (1923-1999) y Fredy Reyna (1917-2002). Efectivamente, tan prolífica producción le adjudica, por la vía de los hechos, el título indiscutible de biógrafo de los máximos representantes de la escuela guitarrística venezolana del siglo XX –excepción hecha con el maestro Reyna, quien no obstante haber sido guitarrista, se le recuerda más por su rol de cuatrista–, lo que sin duda se apuntaló con su monumental Historia de la guitarra en Venezuela (Canadá: Doberman Ypan, 2005, en inglés / Caracas: Banco Central de Venezuela, 2013, en español).

No resulta para nada común que el primer lector de una biografía, antes de su publicación, sea el propio biografiado, como señala Bruzual en las primeras líneas de su «Prefacio» (p. 9). Eso, que podría considerarse una ventaja y contribuye a darle verosimilitud al relato subsiguiente –ya que el objeto de estudio también fue sujeto–, representó un reto difícil para el autor, pues se enfrentaba a la inevitable insatisfacción del protagonista, por la imposibilidad que tienen las palabras de plasmar fielmente una existencia tan llena de experiencias significativas. Aunque Bruzual no aporta mayor detalle de lo que comportó ese primer escrutinio, implícitamente nos deja claro que Inocente Carreño se sentía ampliamente satisfecho con el resultado final.

Es precisamente una publicación con estas características, la que hoy reseñamos. La cual se constituye, aun cuando sigue enmarcada en una línea de trabajo bien definida –los ensayos biográficos–, en un punto de inflexión de la producción intelectual de Bruzual, en cuanto al perfil del objeto de estudio biográfico. Porque habiendo completado el ciclo de investigaciones avocadas a la primera generación de grandes maestros de cuerdas pulsadas del siglo XX venezolano, Bruzual ahora coloca su foco de atención sobre otro gran músico de nuestro país, que si bien en su infancia y primera juventud tuvo importantes incursiones con la guitarra, su perfil más destacado será, hasta el final de su vida, el de compositor, en el sentido más amplio de la palabra: Inocente Carreño (1919-2016).

Las motivaciones del autor para este cambio de rumbo, aunque las explicita en el «Prefacio» como una idea surgida en el año 2009 (p. 12), cuando entabló estrecha amistad con el maestro Carreño, al organizar un ciclo de conciertos dedicados a él, pensamos que fue en realidad un tanto diferente. Una vez leído el libro en su totalidad, retrospectivamente estamos convencidos de que la verdadera pulsión de Bruzual para escribirlo se encuentra en otra afirmación suya, contenida en el mismo «Prefacio» al que aludimos: «En realidad, la oportunidad de hablar de Inocente Carreño nos permite profundizar, como reto y riesgo propios, en un trayecto de casi un siglo de cultura y política en el país, de la que ha sido testigo y partícipe relevante» (p. 10).

En efecto, lo anterior se encuentra plasmado a lo largo de toda la obra. Bruzual no toma el trillado y manido camino de la descripción lineal-cronológica del devenir vital del biografiado, sino que el hilo narrativo, la vida del maestro se ve explicada, por así decirlo, a través de sus obras, ámbitos de quehacer compositivo y estilos por los que discurrió a lo largo de su dilatada carrera. Pero, al mismo tiempo, el autor dedica capítulos independientes para profundizar en otros aspectos de la vida de Carreño, no necesariamente biográficos, que ayudan a comprender cabalmente sus trabajos musicales y aspectos de nuestra historia contemporánea, así como conceptualizaciones –la más importante referida al nacionalismo musical– todavía hoy muy debatidas en el medio musicológico venezolano. Es así como también se pasea el que recorre estas páginas por las historias de la Escuela de Santa Capilla y el férreo liderazgo del maestro Vicente Emilio Sojo (1887-1974); del Orfeón Lamas; de la Orquesta Sinfónica Venezuela y sus descendientes (la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y el Sistema de Orquestas de José Antonio Abreu) y, no menos importante, por el papel de la radio en Venezuela durante los años 30 y 40 del siglo pasado; la influencia determinante de la controversial figura de su hermano mayor, Francisco Carreño (1910-1965), y las inclinaciones e inquietudes políticas que siempre lo acompañaron durante toda su vida adulta.

Incluso capítulos que podríamos calificar como de desarrollo diacrónico están cargados de información contextual que, como si se tratase de una novela –Bruzual diría más bien «ensayo literario»–, y apelando a eficaces recursos narrativos, ubica fácilmente al lector en una Venezuela que, en muchos sentidos, ya no existe: la del siglo XX en el que transcurrió la mayor parte del espacio vital de Inocente Carreño.

Este último aspecto se ve eficazmente amplificado por una constante de los trabajos de Bruzual: la abundancia de material gráfico, cuyo repositorio principal fueron los archivos privados de Inocente Carreño y familia, quienes lo cedieron gustosamente para utilizarse expresamente en esta publicación. Con ello, como nos dice el propio Bruzual, se logra ampliamente la pretensión de «…dar un toque subjetivo y necesario, allí donde las palabras también dejan de ser suficientes» (p. 12).

Otro de los méritos de este libro es la solidez de la documentación sobre el que se sustenta, no obstante el señalamiento de que «…la bibliografía cultural venezolana sigue siendo en particular incompleta, a no decir la musical que quizás sea la más precaria, dada la escasez de recursos y motivaciones que ha padecido siempre la musicología en el país» (p. 12). Esta debilidad se vio compensada con creces porque Bruzual, desde su primer trabajo biográfico (Antonio Lauro, un músico total. Caracas: Sidor, 1995), ha tenido la sana costumbre de ir directo a la fuente. En este caso, el propio Carreño. De esta manera, vemos cómo a lo largo del trazado de la obra, la misma se nutre constantemente con afirmaciones salidas de la boca del maestro, fruto directo de innumerables «entrevistas, conversaciones, [e] interrogatorios telefónicos» (p. 13). Pero a dicho corpus de entrevistas y diálogos se suman otros encuentros con su círculo cercano, así como conocidos y amigos: Pascual García, «Cheo» Alfonzo y su esposa Judith Carreño (hermana), Edgar Saume, Juan Durán, Margarita del Valle Carreño (hija), Remedios del Valle Carreño (hermana), Fernando Guerrero y Ugo Corsetti; amén de otras fuentes inéditas en donde destaca un Libro de anécdotas, que casualmente fue publicado prácticamente al mismo tiempo que la publicación de Bruzual por el Sistema de Orquestas, pero cuya disponibilidad, antes de eso, estaba totalmente vedada al público general.

Sumamente interesante, por motivos netamente personales y cercanos a nuestra línea de investigación, lo constituye el capítulo siete, titulado «Viviendo Venezuela. La glosa sinfónica Margariteña», obra que es en sí misma síntesis de muchos elementos de la vida de Carreño: los recuerdos infantiles impresos en su mente por su abuela Güicha, el trabajo de recopilación etnomusicológia de su hermano Francisco y la inclusión de motivos folklóricos en una obra concebida para orquesta sinfónica; logro que también había alcanzado su condiscípulo, Antonio Estévez (1916-1988), con su célebre Cantata criolla.

Para nosotros, la lectura de este capítulo se constituyó en epifanía, pues desconocíamos el proceso de gestación de la Margariteña, en la que fue determinante la presencia de Antonio Lauro, su amigo y también condiscípulo. Como ahora sabemos, fue Lauro el que invitó a Carreño al programa radial que para 1951 dirigía el escritor guayanés Manuel Alfredo Rodríguez. Lauro estaba encargado de la supervisión y a veces musicalización del espacio, pero había sido apresado durante ese año por su actividad clandestina contra la dictadura perezjimenista. En tal sentido, resultan sumamente iluminadoras las palabras de Carreño, en su ya mencionado libro inédito de anécdotas, al cual tuvo acceso privilegiado Bruzual (pp. 134-136):

Mi agradecimiento a Lauro fue mayor –señala Carreño–, sobre todo, porque este último programa [radial] puede considerarse como el gran inspirador de mi glosa sinfónica Margariteña que, como se sabe, está construida con temas y aires de mi tierra natal. De no haber sido por el programa, tal vez la Margariteña estaría en las nebulosas.

Completa esta publicación, a manera de apéndices –aunque ello no se señale expresamente–, una cuasi completa «Cronología» del maestro Carreño (hasta el año 2014); un primer catálogo de sus obras (también hasta el año 2014 y, por tanto, de necesaria y definitiva actualización) que, aún cuando puesto al final del libro, lo consideramos uno de los aportes más resaltantes de este trabajo de Bruzual; un catálogo de grabaciones con obras suyas (en elepés y discos compactos, todos publicados a lo largo de unos cincuenta años), así como un detallado índice onomástico; el cual, por cierto, fue de gran ayuda para la realización de esta breve reseña.

Bruzual, como ya acotamos en el «Editorial» de este número 52 de la Revista Musical de Venezuela, ha logrado, con los años, convertir en algo cotidiano lo que normalmente es inusual: la brillantez de la pluma. A lo que añadimos: la claridad de la expresión, carente por completo de abusos retóricos; lo ameno de su lectura y lo pedagógico de la ilación discursiva. Esto hace, como una vez le escuchamos al recordado maestro de la lengua Alexis Márquez Rodríguez (refiriéndose a otro autor), que su obra no solo sea cátedra de sabiduría, sino una fiesta del espíritu.

* * *

Culminamos esta reseña con una anécdota personal, cuyo desciframiento nos llegó, precisamente, con la lectura del libro que comentamos. Tuvimos la oportunidad de conocer personalmente al maestro Carreño, en su casa de El Cafetal, Caracas, en septiembre de 2014; es decir, pocos meses antes de que este trabajo de Bruzual saliera a la luz. Fuimos en aquella oportunidad llevados de la mano por la compositora Beatriz Bilbao, amiga del maestro, y quien por algunos años dirigió la Escuela de Música Prudencio Esáa que, como se sabe, había sido fundada por Carreño en 1970.

Nos acompañaba la hija de la maestra y nuestra compañera de dúo e investigaciones, Geraldine Henríquez Bilbao, junto a un par de amigos, también músicos (Emilio Jiménez, margariteño como Carreño, y Luis Geraldino, cumanés). Vivimos el grato momento de compartir con el maestro joropos, polos, jotas y malagueñas de su Margarita natal –interpretadas por nosotros–, en la que no pudo faltar Margarita es una lágrima, que fue la delicia de Carreño. Cuando ya llegaba el momento de despedirnos, me acerqué al maestro y, con mucha humildad, le pedí la bendición. Su respuesta fue: «Dios me lo bendiga y me lo haga un obispo». Confesamos que la respuesta nos desconcertó, y durante casi tres años después de la irrepetible experiencia, pensamos que se trataba de otra de las típicas chuscadas o «mamaderas de gallo» margariteñas a las que el maestro siempre fue tan asiduo. Pero no. En el mismo «Capitulo uno» del texto de Bruzual, leíamos con asombro, a la vez que nos percatábamos de inmediato del inmenso honor que habíamos recibido con aquella bendición de Carreño:

Otro personaje de su infancia que debe recordarse es el de su padrino Erasmo Carrasquero Calvani, quien pertenecía al estrato de gente pudiente de la isla, dueño de una conocida farmacia en Porlamar. Carreño le pedía la bendición arrodillado y besándole la mano, y este le decía: «Dios me lo bendiga y me lo haga un obispo» (p. 40).

Gracias, maestro Bruzual, por aclararnos el enigma.

Notas al pie   [ + ]

1. Disponible en las librerías El Buscón, Lugar Común y Tecniciencias, entre otras.

Descargar PDF